Hubo una época, que no fue la de nuestras madres pero sí la de nuestras abuelas y bisabuelas, en que la docilidad era la joya de la familia que millones de mujeres sacaban a relucir para encandilar, con su brillo resplandeciente, los rostros de sus contemporáneos en reuniones y eventos sociales. Ellas no podían pedir más, porque en teoría lo tenían todo, y lo demostraban inflando el pecho en sinónimo de orgullo y una satisfacción que gritaba que esto era lo que supieron conseguir: un marido proveedor, hijos y una casa para limpiar y convivir con el marido y los hijos. El tiempo lo muta todo, y aquello que se exponía en plena domesticidad del hogar, que era en parte el ánimo de muchas mujeres, se volvió salvaje. Se escurría y se agazapaba entre los juegos de te, las máquinas de coser y las agujas y ovillos para tejer, con el fin de sorprenderlas y hundirle los dientes en el cuello. De ese mordisco, de ese trozo arrancado quedaba al descubierto la falta que carcomía la certeza que antes habían aprendido a digerir y que ahora se desintegraba dejando un gusto amargo. El mandato, que machacaba sobre como debía ser una mujer, se erigía como un rascacielos, alcanzando alturas díscolas y tapando toda perspectiva.

En mi familia conocí mujeres, cuyas vidas estuvieron atadas a la escoba y la plancha, sentenciadas a “aguantar las cachas”. Me vino a la mente esta expresión, que recuerdo haberla leído en un artículo de la periodista Marta Dillon. “Cerrar las piernas, una forma menos poética que aquel “tú me quieres blanca”, verso de Alfonsina que graficaba que a ellas se las prefieren calladas, impolutas; en fin, pasando al ámbito político, conservadoras”.

Hoy, tanto mujeres como hombres, llevamos instalado en nuestras subjetividades el chip de la autosuficiencia. Pero mientras nosotros nos la pasamos saltando los obstáculos que prometen alejarnos de aquellas imágenes que chorrean símbolos patriarcales, ellas fueron y volvieron. Está claro: hace tiempo que nos llevan la delantera en infinidades de apartados. No soy feminista ni machista; sí me interesan las cuestiones de género porque, acopladas sobre un contexto político y sociocultural determinado, se vuelven revisables, lo que permite su actualización. También me parece necesario remarcarlas, sobre todo en una sociedad que tampoco ha querido ser equitativa con las condiciones y la remuneración del trabajo de millones de mujeres. Una joven puede postularse para un puesto de atención al público en un local ubicado en pleno centro de la ciudad y lo conseguirá. Pero el dueño y empleador, obrando desde la más irrestricta mala leche, no la reducirá especialmente a esa tarea que, al fin y al cabo, es para lo que fue “contratada”. Le ordenará además que lleve y traiga cajas insoportables, y que suba y baje una persiana tan pesada que la dejará con la espalda doblada.

A contramano de estos pequeños combates que se viven día a día, y en el que está en juego la dignidad de una persona, en estos últimos cuatro meses hemos sido testigos de actitudes que desenmascararon la misoginia más cavernícola, vomitada por las caceroleras, que han hecho gala de una falta de conciencia de género increíble. No hubo pudor ni ganas de disfrazar la doble moral. El conflicto con el sector agropecuario las sacó para sacarlas de las casas. Ahí estaban, en las calles, en las plazas, en los balcones; expuestas, perceptualmente acorazadas, avanzando transformadas en símbolo del odio visceral que irradia una clase social hacia el gobierno y sus ideas. Ensalzadas por las chicanas periodísticas, -ellas autoconvocadas; los otros llevados de los pelos, por ejemplo- ametrallaron a la Presidenta con una variedad de insultos que lograron avergonzar hasta a la propia libertad de expresión. Es que, claro, muy pocos repararon en el hecho de que se confundió alevosamente, la libertad de expresión con la libertad al agravio.

“Soberbia” fue una de las palabras que se escuchó mucho, pero no fue exclusiva de las bocas de las mujeres ni de los hombres en Argentina. Ayer, miré un documental sobre Bolivia. Sobre como, en estos últimos años, ha logrado levantarse; y sobre como ese movimiento marea, revolviéndole el estomago, a una derecha que proclama “autonomía”. Que en política, y en vista de lo ocurrido en nuestro país, equivale a la figura del “abierto”; o sea, cerrado para cualquier medida distributiva que amenace los intereses económicos de unos pocos. Ahí también se lo tildó de soberbio a Evo morales. ¿Yo me pregunto a que le llamarán soberbia? ¿A la tenacidad? ¿A la fidelidad a una idea? También confunden autoritarismo con autoridad, pero estos malentendidos no son ingenuos. Son las trampas del lenguaje de las que habla Roland Barthes. El semiólogo francés dijo que la lengua es fascista. Hay que tener valor para arrancarse las costras que producen las formas, los modos de decir que nos vienen dados desde chicos, y que se van adhiriendo sobre nuestras subjetividades, enyesándolas y encapsulando toda posibilidad de pensar. Sonará ingenuo pero yo creo, incluso, que hay un punto de contacto entre esto y el verdadero sentido de la emancipación.

Quizás la palabra hogar tenga algo del fascismo al que se refiere Barthes. El hogar representa, para nosotros, lo conocido; donde nos sentimos a salvo protegidos de la intemperie. Pero también habla de la ubicación exacta que, por siglos, les correspondió a millones de mujeres en el mundo. Donde se come, donde se duerme, donde se cocina y a quien le corresponde hacer determinadas tareas; fichas incrustadas en el tablero del juego de la vida. Sólo así es posible comprender los mecanismos de defensa que activaron las caceroleras más violentas, frente a una mujer con el poder de cambiar la realidad.

Me re colgué. El día del amigo me había dejado pensando. No me llevo muy bien con los días que son “días de”. Cito algunos: el de la madre, del padre, de los enamorados, ni hablar de halloween y en especial el de la primavera. Este último me irrita de sobremanera. Que sé yo. Me inquieta un poco ver como una determinada fecha, elegida por el mercado para desplegar toda su colorida parafernalia, actúa sobre nosotros como si tuviésemos un botón en la espalda al que un dedo gigante e invisible presiona para que salgamos a comprar regalos que “son una pavadita”, tarjetas para escribir en el dorso, hacer llamados o mandar mensajes de texto y cadenas de mails.

Bueno, soy un plomo. No me interesa apuntar hacía lo genuino que se deja entrever y que es el leitmotiv de casi todas esas reuniones y salidas; porque sin ir más lejos, a pesar del párrafo que me mandé arriba, ese domingo me encontré sentado en la parte de atrás de un auto conducido por un amigo. ¡Que contradicción! La idea era ir a alguna plaza, a tomar un poco de aire y de mate. No terminamos yendo a ningún lugar. Pero eso es una fija con casi todos mis amigos, que no son tantos.

En fin; miraba por la ventanilla hacia el parque Urquiza, que estaba atestado de chicas y chicos un poco más jóvenes que yo, en pleno picnic invernal y pensaba en aquella consigna que Néstor Kirchner pronunció en la última marcha de dos martes atrás. Dos días después que se diera a conocer el resultado de las votaciones en el Senado. “Ganar las calles” dijo el presidente del PJ esa tarde, dirigiéndose principalmente a la juventud presente y ausente. Es que la conceptualización de nuestra potencialidad política comienza ahí, en las calles. Lo que había en el parque Urquiza era la versión más estéril de esa idea.

Últimamente se viene hablando mucho de nuevas amistades, de nuevas alianzas. Es curioso como los medios manejaron estas últimas dos semanas “el cierre del conflicto”. Hay que bajarlo un poco a ese cierre para poder ver lo que hay detrás. Ciertas palabras sueltas cobraron fuerza e impulso y volaron eyectadas, convertidas ya en nuevos discursos, hacía miles de bocas que repiten como loros las frases hechas que se escuchan en radio y televisión. El voto de Cobos fue hacía la paz social, buscando promover el dialogo y el consenso. Muchos se refirieron a ese voto como el que calmaría las aguas, al aportar cuotas de sensatez y cordura, y que lograría que todos volviéramos a ser amigos. Eso fue lo que se vio y lo que se dijo. Son migajas del sentido común, hoy acaparado y deglutido por la derecha, porque en realidad lo que hay es cero ganas de dialogar con nadie y la certeza de que el conflicto sigue. Leía un artículo de opinión escrito por Washington Uranga para Página/12 donde se revelan las intenciones ocultas en la decisión del vicepresidente, y la verdadera sensación ambiente que quedó un poco tapada por este aparente clima de “tranquilidad social”.

“¿Cuál fue el conflicto que llegó a su fin?” Se pregunta Uranga como disparador para explayarse en el tema. “Para sincerar la situación habría que decir que, con su voto “no positivo” en el Senado, el vicepresidente permitió volcar la balanza en favor de los intereses de los grupos económicos más poderosos “del campo”. Eso es todo. No hay solución al conflicto y seguramente no la habrá en mucho tiempo. Porque en definitiva lo que está en juego no es otra cosa que la distribución del poder, económico y político. Y el conflicto –que no es bueno ni malo en sí mismo– es parte integral de los procesos sociales, es inherente a la democracia misma.”

Aquellos que entablan vínculos pasionales con la política me entenderán cuando digo que lo quedó flotando es una mezcla de bronca e impotencia a la que hay que batir todos los días para tratar de hacerla un poco más soluble. Pero es imposible, al menos para mí. Y uno termina defendiéndose casi a los gritos de argumentos bizarros que andá a saber de que procesos mentales habrán salido. Porque está claro que esa suerte de identificación que forjó gran parte de la clase media con la figura de Cobos, en su momento más mediático, deviene de la imposibilidad de bancarse, de no poder soportar la política de inclusión social que intenta llevar a cabo el gobierno. Desde ese lugar Cobos fue visto como un héroe; es decir, como alguien que cambió la historia. Expresando implícitamente para una parte, que ese cambio fue para bien. A nadie se le cruzó por la cabeza que la aprobación de una ley no recae sólo en la Presidenta, que ella necesita del apoyo de un equipo para poder llevar adelante un proyecto, que fue lo que la gente votó en Octubre del año pasado y que espera que se concrete. Uno cuando pone la boleta en el sobre y después lo lleva a la urna no está haciendo ta-te-tí. No elige al menos peor o al más simpático. De esa elección se desprende que hubo alguien que supo discernir una propuesta de modelo de país de otra. Y yo entiendo por mejor modelo a aquel que tenga entre sus principales prioridades que la capacidad de discernimiento sean de todos y todas, porque esa sigue siendo hoy la materia pendiente.

Me siento como una maestra de primaria diciéndole al grupete que festeja que ya estamos grandes para seguir jugando al amigo imaginario.

“¿Sabés cuánto hace que no la pongo?” Esa pregunta retórica retumbó en mi cabeza pequeñoburguesa una y otra vez durante varios días. Principalmente porque la primera vez que la escuché, -fue soltada por un amigo en una de las tantas conversaciones que tenemos- me sentí, por apenas unos segundos, como esas amas de casa que se sonrojan o espantan ante las bombas mediáticas que se tiran por la tarde en programas de chimentos o culebrones brasileños.

Por sí sola, esa pregunta da cuenta de un fenómeno que resulta paradojal: por un lado la necesidad de domesticar y naturalizar, mediante el lenguaje (poner, comer, coger, etc.), algo que probablemente en los últimos tres siglos y medio pasó de ser un misterio insondable pero excitante y liberador para cualquiera que estuviese dispuesto a sumergirse en sus aguas y descubrir en sus profundidades los tesoros ocultos que eran el erotismo y el deseo; a una ciencia, un manual de instrucciones que había que seguir si lo que se buscaba era la reproducción de la especie. Esto no es ninguna novedad, cualquiera que haya leído a Foucault y su Historia de la sexualidad sabe a lo que me refiero. Por otro lado, la obligación de descargar mediante el habla un malestar de época. Se habla más de sexo de lo que se tiene. Es una declaración que va más allá del hecho de que nosotros apenas nos rozamos unos con otros. Como joven posadolescente que soy, me veo autorizado a hablar del tema. Aunque sé también, porque salta a la vista, que se trata de una cuestión que no excluye edades ni géneros; esto es transgeneracional.

Sucede que, desde la tele, con un anclaje puntual en la publicidad, veo que proliferan discursos que moldean estereotipos que poco tienen que ver con lo que pasa internamente por cada uno. O en realidad algo tiene que ver; ya voy a llegar. Pareciera que a simple vista, en la superficie de esas capas de significación sociológica que recubren publicidades, series y películas no hubiese nada más alejado de la realidad que aquel boceto de criatura contemporánea de entre dieciocho y veinticinco años que imponen los medios. “La juventud es gloriosa. Que el marketing haya hecho de ella el estandarte de un ejercito de idiotas, no significa que lo joven haya dejado de ser futuro.” Dice Sandra Russo en su libro Amar y flirtear. Y tiene razón. Somos, en parte, eso: futuro, un río de pura contingencia con miles de desembocaduras posibles. No es casual que la palabra que, últimamente escucho bastante, y suele ser usada para exteriorizar esa incertidumbre de no saber hacía donde seguir fluyendo es la de estar “estancado”. Es un estancamiento emocional porque algo ejerce mucha presión sobre nosotros. Son otros los mecanismos de control y poder que delimitan las subjetividades de hoy, y nos toca a los jóvenes descubrir cuales son.

Eso es lo que revela la antropóloga Paula Sibilia en La intimidad como espectáculo, un ensayo muy interesante que toma como disparador el auge de los blogs, fotologs, las webcams y ese vuelco hacia la virtualidad y las pantallas de TV para la construcción de mentalidades, formas de ser y estar en el mundo; y como esto trae por decantación una batería de consecuencias sociopolíticas innegables. “…Dos tercios de la población mundial nunca tendrán acceso a Internet. Estos miles de millones de personas son los “excluidos” de los paraísos extraterritoriales del ciberespacio, condenados a la gris inmovilidad local en plena era multicolor del marketing global. Y lo que quizás sea más penoso en esta sociedad del espectáculo, en la que sólo es lo que se ve: en ese mismo gesto, también se los condena a la invisibilidad total.”

La cimentación de un deseo, el de necesitar desesperadamente el ojo del otro sobre nosotros porque eso simboliza la aprobación que buscamos para rearmar nuestra autoestima, le permite al mercado erigir su propio discurso opresor. Hay un supuesto en la adolescencia que dice que hay que lograr algo grandioso en la vida. Lo más grande posible para que no pase desapercibido y pueda ser pescado por la mayor cantidad de personas disponibles. Pero si uno levantara la tapa de mecanismo vería como funciona todo. Se verían las ideas tramposas del exitismo y la celebridad, actuando como inyectores de verdad neutra, siendo impresas sobre mentes en blanco.

Los anhelos cambiaron junto con nuestros pesares. Continúa Sibilia: “si la paradoja del realismo clásico consistía en inventar ficciones que pareciesen realidades, hoy asistimos a otra versión de ese aparente contrasentido: una voluntad de inventar realidades que parezcan ficciones.” Es decir, tratamos de que nuestras vidas se parezcan, por ejemplo, a las de los protagonistas de sitcoms porque en ellas siempre están pasando cosas. “¿a quién no le gusta que le pasen cosas?” Esto delata la crisis de exposición que rodea a jóvenes y adultos por igual. Los medios de comunicación no ayudan al presentar los supuestos peligros que conlleva el exponerse, y guardarse termina siendo la mejor solución. Aún así, si a esta crisis se la enfrenta desprevenida, muestra la hilacha.

Porque hay algo inherente a nosotros que no se puede suprimir, algo que nos diferencias de los animales. El ser humano sin contacto con otros no puede sobrevivir, estoy convencido de eso. Quizás tiempos como estos, en el que el sonido del tic tac recae sobre nuestros ánimos con el peso de una desición que quema, hagan que esto permanezca latente, y sin embargo hoy se puede sentir más que nunca. Me resulta imposible de desengancharlo de lo político. Estos últimos meses han sido prueba de eso. Hay ganas de exposición; pero una sana, no aquella que triunfó sobre su significado, contaminándola al rellenarla con dosis de paranoia, miedo y desconfianza.

Las palabras que Néstor Kirchner pronunció ayer en la marcha en Congreso y que dedicó a todos los jóvenes, habla de esto que se está redescubriendo. “La juventud tiene la oportunidad de hacer un cambio en democracia. Algo que nuestra generación no tuvo. Tienen la posibilidad de participar, opinar, transgredir; ganar las calles para marcar un punto de inflexión para la construcción de ese cambio”. No fue este su mensaje textual, pero fue lo que me quedó resonando. Eso es a lo que se aspira en todos los ámbitos de una vida: a poner el cuerpo, sí; y también los ideales y las convicciones.

El cese de los cortes de ruta permitió, por fin, que el conflicto campo-gobierno pase a otro plano; uno democrático: el del debate. Intercambios de opiniones e ideas dentro y fuera del congreso es lo que se estuvo viviendo esta última semana. Los que residen fuera de la ciudad (como yo), o los que, por diferentes motivos, no han podido concurrir a cualquiera de las carpas hoy montadas en la plaza, reciben desde sus casas otra versión. Una demasiado recalentada y que es necesario dejar airear: la de los medios de comunicación. Y digo que es necesario porque basta con asistir a alguna de las charlas informativas, ver algunos de los documentales o en definitiva participar, involucrarse poniendo el cuerpo, la cabeza y también el corazón (porque creo que la gente lo tuvo ya mucho tiempo en la boca; al corazón digo, por la impotencia que sintieron aquellos con la necesidad de expresarse, y que encontraron en los actos del dos de Abril y del diecisiete de Junio la posibilidad de reencontrarse con otros y con ellos mismos después de haber sido envueltos por la sensación de estar ideológicamente a la deriva); para comprobar que desde los medios se trabaja para levantar otra realidad, muy distinta por cierto. Repleta de eufemismos condescendientes hacia un sector que, al exponerla así como lo hacen, es decir sin bordes, sin matices, sin grietas y sin segundas lecturas lo que provoca es que se acepte todo como la única e irrefutable verdad. Cero cuestionamientos. Esas verdades son apenas utilitarias, funcionan como flashes de ideología a la carta que, una vez incorporada en nuestras subjetividades, se pasean por nuestra vida cotidiana como algunas personas pasean a sus mascotas un domingo por la tarde. Se los saca un rato, se lucen y después se guardan. Es lo que se escucha hablar en la calle, en bares, en almacenes, en librerías; en fin, lugares que, para bien o para mal, son propicios para el brote de ciertos mitos urbanos donde descansan ciertos clichés políticos.

Dos sábados atrás vi Televisión Registrada. En el informe con el que abrían el programa, lo primero que pegaba era el tema; la música elegida como fondo era imposible de no conocer. Un hit de Fito Páez, Circo Beat. Una canción genial a la que muchos de nosotros consideramos como la banda de sonido perfecta de aquella comedia dramática que fueron los noventas. Fito sabía bien a lo que se refería cuando cantaba que “los monos estaban devastando este lugar”. Después me cayeron las imágenes, esas imágenes que mostraban a la presidenta y el presidente del PJ junto a Menem, en lo que parecía ser una especie de acto. Ok; el acierto fue cristalizar en la elección de esa canción el pensamiento de que el Menemismo fue cualquier cosa menos algo para ser tomado en serio. Pensamiento real que, una vez instalado, se torna acrítico y por lo tanto peligroso porque deja poco espacio para la formulación de lo nuevo, de la reflexión, enemiga del sentido común y que entonces lleva a incurrir en ese discurso progresista choto del “son todos corruptos”.

Pero que los editores del programa hayan recurrido a la técnica del antes y después, fuertemente influenciados no sólo por su propia estética, su mecánica que es la del programa y sobre la cual se construyó un estilo, sino también por aquel video de Kircher y las retenciones via youtube, para dejar colgada la idea de que ahora se está igual que antes y esto es más de lo mismo; o sea un circo pero en su connotación más peyorativa, es una simplificación que cruza lo absurdo para llegar a lo insultante.

Recuerdo haber releído una entrevista que Rolling Stone le hacía a la periodista Beatriz Sarlo con el fin de resumir, desde su lugar, los aciertos y equivocaciones de los cuatro años de Néstor Kircher al gobierno. A la nota no la recuerdo de memoria, en parte porque me era muy difícil encontrar un punto en común entre su visión y la mía, pero sí me quedaron rebotando algunas cuestiones que resuenan muy actuales, recientes. Cuando le pidieron su opinión sobre el revisionismo de los setenta que venía haciendo Kirchner, Sarlo contestó que ese tema le permitía a él, Néstor, reencontrarse con valores de su juventud. Que si bien no lo hizo en los noventa, que era más complicado, era válido igual “porque uno siempre recuerda sus convicciones cuando puede”. Bien; a mi entender, Sarlo trató de abrir el paraguas lo más que pudo.

Ahora me pregunto: ¿a nadie se le ocurrió que si hay tanta gente reunida en las carpas, en las plazas, en los actos, no es porque se les pague, sino porque todas esas personas (me incluyo) simplemente creemos? Personas que antes buscábamos creer, -porque después de tantas caídas parecía imposible todo; hasta eso- y que entrevimos en el gobierno anterior la oportunidad para recuperar y hacer así concretos valores e ideales que habían sido enterrados y pisoteados. ¿Cabe pensar que si se decidió la continuidad de un gobierno, a través del voto popular, es porque fue justamente eso: una decisión popular, colectiva?

Hoy se están dando tantas cosas por sobreentendidas, por sentadas que uno se ve en la necesidad de levantarse, arrebatado quizás por todo lo que se ve y se escucha, para defender aquello que no tiene porque ser defendido, ni atacado, ni tampoco resguardado del flujo de los demás: una creencia, un punto de vista, una expresión de algo.

Si el funcionamiento de los engranajes de la posmodernidad se asemeja al de un mecanismo de relojería es porque, en parte, sus partes son aceitadas por la fuerza que tienen algunas palabras para saltar el límite ético que supone el lenguaje. Esas palabras están infectadas por otras. Que sé yo, se me ocurren miles: miedo, desconfianza, ironía, cinismo; todas están habilitadas. Además de ser síntomas de una época, hablan también de un determinado tipo de personas: las que eligieron no creer.

Hoy al abrir el correo me encontré con un mail que me sorprendió. En el, escrito en letras rojas, se obligaba (es que no se me viene otra palabra a la mente) a no asistir al acto del próximo 20 de Junio en el monumento a la bandera. En letras mayúsculas, negras y grandes, delineando el centro, el núcleo del mensaje rezaba “coloquemos junto con nuestra bandera una cinta negra para repudiar el acto”. Hay un dato que tengo que agregar, ya que es esclarecedor. El mail, que me imagino forma parte de una cadena, comenzó a circular antes que se confirmara que la presidenta no viajaría a Rosario. De haberse sabido antes, este mensaje que recibí seguro no hubiese existido.

Que el sentido común, que muchos pregonan como única vía para resolver un conflicto que se ha extendido lo suficiente como para llegar hasta un límite en el que es posible imaginar que va a pasar si se cruza; se haya atrofiado, podrido hace tiempo para que broten de él horrendo clichés que muestran a la bandera como símbolo máximo de honestidad, cuando a lo largo de la historia los símbolos patrios han sido los primeros en ser manchados con mierda y sangre, ya es sabido. Habría que limpiar los símbolos, habría que rellenarlos de contenido de una buena vez o dejarlos en su lugar.

Pero en realidad no fue el mensaje lo que me impactó, uno a esta altura no espera más de aquellos que parecen estar dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de no repartir la torta; de ni siquiera cortarla. Lo que me desencajó fue leer quien había sido la persona que me mandó el mail. Un amigo al que quiero mucho. Lo conozco desde hace varios años. Uno con los amigos a veces idealiza demasiado, y en ese vuelo se llega a desnaturalizar ciertos vínculos, lo que lleva a contaminarlos. Se espera que aquellas cosas que no se tienen en común, que no se comparten, se vuelvan, por arte de magia, parte de uno también. Es el mito occidental que nos envuelve plácidamente como la tela de una araña gigante: el deseo como falta. Siempre tuve dificultades para entablar relaciones de amistad que se prolongaran en el tiempo. De pendejo, me han dicho tantas veces que soy tan raro que me lo creí y por eso cuando era correspondido, -cuando puedo decir que soy amigo de una persona porque esa persona me considera cercana, se siente amigo mío-, creía que comenzaba a formar parte de un espacio que antes me era vedado, a veces, debido a mis propias equivocaciones. Y que ese espacio nuevo, me daba el lugar, el derecho, a avanzar sobre el otro siguiendo supuestos totalmente equivocados. Me costó descubrirlo, pero hacerlo fue un hallazgo que me permitió replantear no sólo la forma de relacionarme con personas cercanas, también me sirvió para romper la burbuja y expandir mi visión de todo lo que me rodea.

Tengo que decir que el amigo que me mandó el mail no conoce el significado de ideas de izquierda ni de derecha. No lo culpo; yo lo desconocía también. Ya conté en otros posts que como nunca se me instruyó sobre política, sobre la potencialidad política que emana de cada uno de nosotros, tuve que inventármelo. Es una de las cosas que no me vinieron dadas. Me pasa seguido eso de ver chicas y chicos de mi edad que no entienden absolutamente nada de lo que está pasando porque no les interesa; y eso que me parece imposible la indiferencia en momentos como estos. Momentos que marcan y definen rumbos históricos.

Es que ese desinterés, producto en parte de deglutir lo que los medios de comunicación disfrazan como “independiente”, es el fantasma que llevamos arrastrando, pegado en las suelas de los zapatos como un chicle, los que nacimos perteneciendo porque nunca nos faltó nada. La clase media. Formamos parte de ese colectivo, que no tiene nada de imaginario, que en los noventa, por ejemplo, se quejaba del gobierno de Menem porque éste les metía la mano en el bolsillo, y con ello, les arrebata en cuentagotas toda posibilidad de seguir perteneciendo. Esa sensación de bronca era generalizada, porque se alineaba con la otra parte; con aquellos que se oponían y resistían desde la ideología. Esa es la diferencia que hoy, al menos para mi, queda destapada. Se creía y se sigue creyendo que se estaba a favor de las mismas cosas, cuando en realidad, mientras muchos criticaban solo una política económica con el fin de resguardar sus propios intereses, otros luchaban, siendo congruentes con sus ideas, en pos de un concepto sólido de país que fuera más justo para todos. En aquel entonces, lo único que nos unía era el espanto.

Los que hoy apoyamos las ideas de este gobierno, lo hacemos porque entendemos que para lograr un país con calidad institucional, inclusión social y verdadera democracia hace falta sí o sí una distribución de la riqueza. Tres palabras que, así juntas, por estos días le revuelve el estomago a más de uno.

Por eso estaría bueno reflexionar, antes de colocar una cinta negra sobre cualquier lado, sobre cuales son los motivos que encienden nuestras pasiones y nos conducen a accionar en este tema en particular. ¿Se reacciona porque es lo políticamente correcto? ¿Correcto para quién? ¿Son esas pasiones apenas artificios inculcados por el machaque de los medios? Cierro con Sandra Russo; a esta mujer no sé cuantas veces la nombré ya. Sus textos siempre los encuentro estimulantes y me ayudan como disparador de muchas de las cosas que escribo acá. “…quizá si permitimos que nuestros viejos lazos y nuestras coincidencias se disipen en el fragor de este conflicto, estaremos perdiéndonos mutuamente. Y en lo que reconozco como mi conjunto, la gente cree que hemos sufrido demasiado como para volver a jugar con fuego”.

Aquellos que nacimos entre mitad y fines de los ochentas poseemos un capital cultural que, sólo cuando las fibras del pasado rozan con las del presente, ancla en emociones que descubren un sentimiento llamado nostalgia y cuyo caudal, en mi caso particular pero, arriesgo, no único, está encauzado hacia el terrero de la animación; si, dibujos animados.

El plástico, ya consolidado tiempo atrás como sustancia-símbolo, -había desplazado a la madera como objeto lúdico infantil-, aburguesaba todo lo que tocaba a su paso. Era común, por aquel entonces, que las caricaturas fueran vistas como meros anuncios comerciales de juguetes; es que eran armadas justamente para eso. Sin embargo, había excepciones que lograban como mínimo moldear un producto que oscilaba entre la bonanza comercial y el logro artístico. Estas excepciones marcaron un antes y un después tanto en lo técnico como en lo teórico: no sólo cambió la forma en la que se produce la animación; también nos cambió a nosotros y a nuestra visión del mundo. Para bien o para mal, nos dejaron impresa una huella, una impronta camp a muchos de nuestra generación.

Por eso tengo que confesar, y no me carguen, que siento una gran debilidad por la hermana gemela de He- Man. Es que antes de Jessica Rabbit, Sailor Moon, Holli Would, Aeon Flux, Lara Croft, las chicas súper poderosas y demás féminas animadas, existió She-Ra: la princesa del poder. Fue una de las precursoras del famoso Girl power, poder femenino, en una década (los ochentas) en el que el paradigma de la mujer fálica, es decir, con poder de decisión, fuerte e independiente, todavía no se había gastado. De hecho, para la cultura de masas, el fenómeno recién comenzaba a solidificarse con guiños emitidos dentro de la cultura pop y hacia afuera, siendo Madonna la que marcaría tendencias en ese apartado. Me pregunto cuanto influyó la chica material en el aspecto físico de la protagonista ya que su parecido (más si se tiene en cuenta la época) es llamativo. Otra influencia, y esta si es innegable, es la mujer maravilla, otra de mis obsesiones, a la que Filmation, el estudio estadounidense de animación de bajo presupuesto que produjo She-Ra, decidió homenajear al otorgarle a esta la habilidad de transformar su espada mágica en lazo justiciero; uno de los símbolos más significativos de nuestra querida princesa de las amazonas.

She-Ra lo tenía todo; bah, todo lo que podía tener una serie que fue pensada desde el principio como una publicidad de 20 minutos para vender los ahora tan buscados y cotizados “action figures” o muñequitos articulados. Piernas sexys, una heroína que le escapaba al estereotipo de princesa letárgica, y que en cambio prefería hacerse cargo de la situación siempre con mucha actitud, estilo y una cuota de compasión que a veces resultaba envidiable, trasfondo político y social (en uno de los episodios, uno de los villanos le roba a la protagonista su voz, en una clara alusión a la imposibilidad del derecho de libertad de expresión) y como cierre de cada capítulo las infaltables moralejas aleccionadoras que, si uno las revisita ahora, pueden causar tanto risa como vergüenza. Todo batido con los mismos ingredientes que hicieron de He-Man un clásico de culto y que elevaron a este spin-off a la categoría de icono subcultural; la serie toda podría ser bandera gay, con su despliegue de colores pasteles, arco iris, unicornios voladores y su mensaje que habla de la libertad, y una vida sin opresión y con igualdad de condiciones.

En fin, escribo esto frente a un abrupto ataque de nostalgia al que se lo atribuyo al canal Retro, que la resucitó junto a su musculoso y bronceado hermano. Gracias, Retro.

Las cosas siguen más o menos iguales; y si hubo un leve cambio, este no fue muy positivo que digamos. El clima está denso, y no hablo del humo, de la humedad y los mosquitos que nos invadieron y que luego fueron levantados por cada noticiero, cada radio, cada diario; en fin, por los medio de comunicación que, en general, parecen más dispuestos a ocultar y confundir que a comunicar genuinamente. Me pregunto cuanto tiene de contenido político la noticia del nacimiento de alguna criatura en algún zoológico de alguna ciudad. O la creación de la pizza más grande del planeta; o el doble del Rambo de Stallone. Podría seguir con ejemplos como este, pero saben de lo que hablo. También sabemos que nuestras subjetividades son “instruidas”, formadas por los discursos masivos de los medios de comunicación y demás construcciones culturales. El ambiente pesado al que me refiero se siente internamente, como un volcán a punto de explotar y desbordar con su lava ardiente o lo contrario, una implosión capaz de sacudirnos primero y ahogarnos después. Suena exagerado, lo sé. Pero cuando realmente logro captar con palabras eyectadas a través del teclado, lo que pasa por mi cabeza, me estremezco y no puedo dejar de pensar. Uno suele sorprenderse cuando logra exteriorizar de alguna forma aquello que se percibe en el ambiente. Aquello que es absorbido por nuestra mente; pero que se hace difícil escurrirlo, traducirlo a una forma concreta.

Van a hacer dos meses desde que me animé a hacer todo lo que puede y como pude para expresar mi punto de vista político. Hoy, con los actos del domingo pasado, me fue revelada una realidad que había dejado pasar: el país está más dividido que nunca. Algo que en un principio resulta natural y entendible: es una de las virtudes de poder vivir en una verdadera democracia. Los gobiernos de décadas pasadas nos dejaron un tendal de experiencia en materia de resistencia. Eso fue real; estaban tan sucios, tan llenos de mierda, que cualquier persona con dos dedos de frente podía percibir el olor a podrido que emanaba de cada falacia que soltaban.

Me pregunto ¿y ahora qué? Se me eriza la piel cuando descifro, por lo que escucho diariamente, que muchas personas todavía reniegan de la democracia. Piden la vuelta de los militares. Es indignante. No soy de ningún partido pero fue casi como un descubrimiento, el conocer que siempre adherí a ideas de izquierda, inclusive mucho antes de saber el significado de ideas de izquierda y de pensar sobre política. En mi casa no se suele hablar de política y por eso, cuando se hace, se termina trastabillando y cayendo sobre lugares bastante simples. Quizas sea este vacio, o la convicción más profunda de que el poder no siempre es utilizado como un imán para atraer más poder, lo que me moviliza. Que puede encontrar su razón de ser como una herramienta que permite concretar cosas; y que no tiene por qué ser algo terrible si esas cosas son impulsadas por aspiraciones personales. Es más, esas cosas pueden estar motivadas por una amalgama extraña, difícil de encontrar. No sé; quizás lea demasiados comics pero sinceramente creo en el altruismo por la fidelidad a una idea. Por eso creo que habría que rever muchas de las cuestiones que tienen que ver con discursos y posturas que estuvieron circulando por ahí estos últimos ochenta días por los medios de comunicación, -cuyo principal objetivo pareciera ser socavar cualquier rastro de ideología a la vista-, y de las cuales se desprendió una avalancha de sentido común como forma de ataque.

La actual oposición, rubricada a trazos gruesos por la derecha, eligió para el acto del veinticinco de Mayo en Rosario, ciudad donde vivo, ponerse a jugar con los símbolos colectivos. En un artículo publicado en Página 12 por la periodista Sandra Russo se habla de esto: “Ni la bandera ni la escarapela son de nadie y ni la bandera ni la escarapela hacen más argentino a nadie, ni mejor, ni más honesto, ni más sincero. ¿Insistirán mucho más con este tipo de trucos desgastados? ¿Seguirán mezclando soja con nobleza, tractor con fuerza de voluntad, pollo con valentía y lácteos con coraje?” Ese texto, junto a otro, escrito por ella también, en el que se habla de la teoría del conjunto, me fueron muy útiles porque al acoplarlos me ayudaron a desenmascarar una de las trampas que nos quieren hacer creer los que hoy aseguran ser el campo. Ese es el gran truco: que sus intereses individuales se vuelvan, casi por la fuerza, colectivos. A veces, da la impresión de que estuviesen a punto de lograrlo; o al menos eso es lo que se interpreta si uno se queda con la única dirección apuntada por canales como TN, que hacen de Alfredo De Angelis, una versión 2.1 de Carlos Blumberg. Lo que quiero decir es que sus micrófonos y sus cámaras están clavados ahí, en la silueta de estos cuatro hombres, que insisten ser el campo. Nunca se va un poco más allá y así, el mecanismo, la forma elegida para remarcar y acentuar el conflicto, queda sepultada por banalidades y frases hechas para ser publicadas como títulos.

La protección e imposición de ese rasgo individualista es y será siempre de la derecha. Es lo que pretende reservarse para sí misma. Su caballito de batalla. Leer, por ejemplo, a Nacha Guevara diciendo, en el último número de Rolling Stone, que bajo una dictadura, artísticamente se tenía más libertad que con la democracia, en la que se es de la manada; y que curiosamente, había muchas más individualidades en ese período, me confirma aquello que sostenía el semiólogo francés Roland Barthes, experto en desarticular, en sacar de una zona mansa, al lenguaje y los mensajes circulantes: el sentido común trafica ideología.

No sabía como pasó, pero lo intuía. Después me cayó la ficha. A dos amigos, o los traicionó su futuro al servicio de la mercadotecnia o realmente buscaron y buscaron hasta encontrarle a lo que yo escribo acá un costado comercial. Porque uno de ellos me dijo “estamos promocionando tu blog”. Esa palabra usó. Supongo que se referían a la circulación de este por la red para que ganara algún tipo de notoriedad o popularidad. Parece que es cierto eso que dicen que si no lo encontrás en Internet no existe en ningún otro lugar. Pero queridos, si hay algo que nunca me interesó en la vida fue ser popular. ¿Cómo iba a pretender similar destino para este espacio? Esto lo pensé pero no se los dije temiendo que me hicieran esa pregunta que terminé haciéndomela yo mismo y que desecandenó lo que estoy tipeando: ¿entonces para qué escribo?

Durante meses Locked Bubble fue mi burbuja cerrada con llave; una suerte de diario íntimo virtual en el que me interesaba más liberarme de algunas inquietudes que anidaban en mi cabeza que contar, por ejemplo, que comí hoy al mediodía. Reconozco que es mi lado más radical el que me aleja del fotolog y de la naturaleza misma que soportan los blogs, pero es un desvío que tiene que ver más con una critica que con una postura cool; una interrogación a la multiplicidad de paradigmas o a la ausencia de ellos, según como se lo mire. No estoy en contra de la democratización del arte, si creo que indudablemente, es el don, el talento, el que posee una fuerza sobrenatural para romper con lo establecido y que queda en evidencia cuando nos interpela, cuando nos exige el extrañamiento, el oscurecimiento de los sentidos para lograr la claridad sobre otros aspectos antes pasados por alto. Una visión distinta de las cosas.

Hasta que apareció en pantalla el aviso de que un comentario, el primero, esperaba por mi decisión; y ahí me vi en un aprieto. Por suerte era amable, aunque de no haberlo sido lo hubiera aceptado igual porque creo en la pluralidad de opiniones y porque, básicamente, nunca me detuve a pensar de que manera debería ser “mi público”, si es que existe tal cosa.

“tenés que hablar más sobre vos, no dar tantas vueltas” ordenó con onda otro de mis amigos. Decodifiqué que lo que él quería decir, era que no tengo que pensar cada cosa que me pasa. En “universos” recuerdo que conté mi miedo a quedar como un estúpido –porque a la estupidez yo la identifico como un camino de ida, liso, sin baches, cómodo, de fácil acceso y sin retorno–, y como ese miedo resultó funcional a la chispa que puso en marcha el motor de un mecanismo imposible de frenar. Ese “no dar tantas vueltas” que me quedó rebotando, significaba algo más. Algo que, en un principio me costó descifrar, sobre todo por la aparente simplicidad con que fue soltado. Y ahí me hizo clic. Cometí la estupidez de dejar pasar lo simple. De camuflarlo en banal, pasajero, escaneable. Admito que para aquellos que buscamos sentir que al apretar el botón izquierdo de mouse estamos haciendo más que eso, el mundo se nos vuelve un tanto más complicado. El tomarse demasiado en serio es una tarea arriesgada, que implica perder muchas cosas, entre ellas, el sentido del humor. Sobre esto, Roxana Kreimer, filósofa, la tiene mil veces más clara que nadie: “El sentido del humor es el término medio entre la frivolidad, para la que casi nada tiene sentido, y la seriedad, para la que todo tiene sentido. El frívolo se ríe de todo, es insípido y molesto, y con frecuencia no se preocupa por evitar herir a otros con su humor. El serio cree que nada ni nadie deben ser objetos de burla, nunca tiene algo gracioso para decir y se incomoda si se burlan de él. El humor revela así la frivolidad de lo serio y la seriedad de lo frívolo”.

Esta época, más que cualquier otra, nos demanda equilibrar nuestras percepciones de lo frívolo y lo serio; que coexistan sin que se coman una a otra. Es necesario porque a mi entender, no hacerlo equivaldría a desechar una herramienta útil para intentar elastizar la moral que, arriesgo, tiene que ver con esto. Lo que quiero decir es que, muchas veces, cuando se da por hecho una situación, una circunstancia, o lo que fuese, lo que se hace en realidad es etiquetar; la ética del todo a la misma bolsa. La presencia de algo que implique que ese eje, ese lugar seguro, se corra y nos sorprenda produce temor y nos frena, nos evita acercarnos a lo diferente o nuevo. Esa si que es una verdadera estupidez. Ahora me doy cuenta que trasladado a un contexto virtual, los blogs y sus derivados, de frívolo no tienen nada. Si les pesa en contra ese discurso que gira siempre entorno a un nuevo soporte de lectura, pero que llega hasta ahí. Comprendí que, sin darme cuenta y de un sólo clic, le había absorbido el alma que abrigaba el propósito o la intención de un blogger de raza: la de compartir, la de encontrar un lugar en común a partir de la subjetividad. Deben de existir miles de razones que me impulsan a escribir acá; paliar ese sentimiento de soledad ideológica que me invade en ocasiones, es una de ellas.

Hacía tiempo que no me sentía tan enojado. La bronca me rebalsó y parte de ella está volcada acá. Nunca me sentí un chico político, lo que sea que eso signifique. Nunca me encontré pensando o hablando sobre política con nadie. No lo hice porque ahora me doy cuenta que no tenía nada adentro para decir o pensar. Con el tiempo, el vacío ideológico crecía, a la par de las ganas de descubrir cosas que me permitieran abrir los ojos e hilvanar una opinión o una idea concreta. No era el único. En la secundaria, las clases de historia rodaban envueltas en una nebulosa rebelde, como los trozitos de tizas que en algún momento pegaban en cualquier espalda o cabeza. Todos nosotros estábamos ocupados en temas bien de adolescentes con temática de lo más variopintas: quién se cogió a quien, que ropa vestir en la próxima fiesta de quince, que que bueno o que malo el nuevo video de Britney Spears y, lo más importante, en quinto año: el viaje de egresados. Creo que sería imposible desnaturalizarlo. Existe un cliché, que englobado en un día en particular, el de la primavera, bombardea los medios de comunicación gastando los cerebros: la del adolescente sonriente, una criatura soleada y asexuada. Cuando me di cuenta que nada me venía bien, que todo podía ser cuestionado porque sentía que todo se me vendía; un paquete de mentiras en oferta imposible de rechazar, hice justamente eso. Rechacé, expulse. Un lockout de estímulos, de sentidos, de emociones. No me fue nada bien.

Tampoco puedo culpar a mis padres por no haber llevado a la mesa la política. Porque ese es otro cliché. Se los culpa cuando a uno le hace clic y se siente sin estímulos. Se los juzga por haber regalado un jean por sobre otra cosa antimaterial. Yo creo que a veces, nos tenemos que hacer cargo de nosotros mismos. Esto lo creo con convicción, no como el latiguillo forro que usó Elisa Carrió en CQC para explicarles a los más jóvenes porque debemos involucrarnos en política. Puede ser tomado como un primer trabajo. Me refiero a la ardua tarea de la auto-invención, armarse, construirse a sí mismo: sacar y reemplazar partes de mi personalidad que no me gustan, casi como un auto (David Bowie dixit). Puede parecer algo inquietante, perturbador, pero le veo un sentido casi ingenuo y bello a la metáfora del auto. Para reemplazar las partes que ya no funcionan, el auto tiene que haber estado en movimiento. Tiene que haber avanzado o retrocedido hacia algún lugar. El objetivo no es ser una especie de Frankestein posmoderno, todo lo contrario. Nunca me interesó ir a mil por hora. Me gusta tomarme un tiempo para pensar algunas cosas y tratar de ver lo que fue mirado. Aquello que está tan cerca que parece imposible decodificarlo. A mi me cuesta. Si vas muy rápido, no lo podes hacer.

Ok, me estoy yendo del tema central. Decía que me siento con bronca por todo lo que se habló y se vio del tema que los medios de comunicación se empecinaron en llamar el conflicto campo-gobierno. Porque fue casi imposible escuchar o conocer el otro lado, la otra campana. Creo que el problema parte del hecho que muchas personas no aprendieron ni aprenderán jamás a ponerse en la piel del otro. Y para ser sincero, ahora que lo pienso, tampoco creo que este sea el problema. No puede ser tan simple. Para poder ver al otro, al que está al lado o en frente nuestro, no basta con esa metáfora. Tiene que haber algo más. La condición humana no puede ser tan básica. Escuchar, procesar lo que se escucha, digerirlo y ponerlo a prueba con lo que internamente pasa por cada uno, antes de atacar con el sentido común, es fundamental. El tema es que internamente parece no pasar nada. Se toma como palabra propia lo que conviene, en el momento más conveniente. Tal vez, a eso se deba la exacerbación de ese discurso rancio y patético para referirse, por ejemplo, a la imagen de la presidenta –el combo botox, ropa y cartera–, y que es aplicado a latigazos por el mismo género. Ese es otro tema para detenerse. Es de igual o mayor complejidad, porque si bien en la superficie deja en claro una postura de espaldas al gobierno, en su profundidad se esconden vestigios del desmembramiento de uno mismo, lacerado con el filo de la hostilidad, la intolerancia. Pareciera como si ni escarbando sobre lo más árido pudiera encontrarse un ápice de compasión. Explico todo esto porque es la primera vez que un gobernante me despierta señales de posible esperanza, de cambios. Me sacó de ese pensamiento cúbico que rezonga que son todos iguales, son todos corruptos. No me considero kirchnerista ni peronista ni nada, pero adhiero a las ideas, los proyectos que ambos moldearon en estos últimos años, que son empujados hacia un plano más concreto y que modifica esas señales en otra cosa. Algo que además de dejarse ver pueda también respirarse. Es nuestro turno también de abrir la mente, de no conformarnos con la “independiente versión” que imponen los medios. Cuando entendamos que los derechos son para todos los que habitamos este país, recién ahí comprenderemos el significado de la palabra ciudadanía.

Hay un libro que circula por la mayoría de los rankings de ventas de las librerías más conocidas, siempre presente entre los primeros diez o cinco lugares y que capturó mi atención. No el libro en sí, sino el hecho de su poder de hegemonía de figurar en casi todas las listas de best-sellers. Es que produce curiosidad cuando, sobre todo un libro, parece querer decir desde ese lugar, algo que habla más de las personas que lo leen que de su contenido mismo. Los textos, al igual que el cine, la música, en fin; el arte en general, reflejan una época bien cristalizada, como una fotografía capturada justo en el momento en que nadie sonríe o mira a la cámara. Así, casi imprevistamente. Mucha gente buscando una misma respuesta. Hay como un grado de exigencia o al menos expectativa acopladas a la busqueda que inicia el lector de ese ejemplar que se volvió tan popular. Y más aun si es uno de autoayuda. A esos se los corporiza, se les teje y cose piernas y brazos invisibles, como una muñeca vieja y olvidada. Y es ese mismo acto de coser, de dar puntadas y de cerrar lo que define a simple vista el propósito de los libros de autoayuda. Llenar fisuras, heridas, tapar miedos, inseguridades. En fin, suturar vacíos. Demasiados requerimientos para cargar sobre el lomo de un mero libro.

Se llama “El secreto” y es de una tal Rhonda Byrne. En él se habla sobre una supuesta ley de atracción que promete conseguir todo lo que uno desee. Sandra Russo lo definió a la perfección. “Este libro yo creo que debería leerlo cuanto piquetero o marginal pueda: que deseen la casa o el asfalto, el trabajo o la tira de asado. Háganlo con mucha, mucha fuerza. Que lo visualicen con mucha fuerza: se hará. Y si no se hace, bueno, no todo el mundo desea una vida digna con suficiente intensidad.” Este libro como muchos otros del mismo género está colgado de una rama ideológica de un árbol muy alto, imposible de alcanzar, al menos para mí. Desde esa idea de refugio que se propone, de resguardarse de “los otros” que somos el resto, fuera del reino de la autoayuda, es que se produce una grieta por donde se filtra como mínimo pensamientos conservadores. No soy pesimista, pero creo que a veces las heridas es mejor dejarlas abiertas. Porque es una de las formas de poder conocer el dolor y sobreponerse a partir de ese conocimiento y aprendizaje. (¡Ja, me salió una de autoayuda!)

A Cormac McCarthy me lo presentó Mariana Enríquez, escritora, periodista y una de mis favoritas. Sentadita desde su columna del programa televisivo “Dejamelo Pensar”, con su belleza a lo Elena Bonham Carter. Escribe desde Rolling Stone: “McCarthy no tiene piedad: agarra de los pelos y obliga a mirar, a sentir, sin renunciar jamás a la forma, a un estilo bello y abigarrado” y así es. En “La Carretera”, su última novela, hay mucho dolor, oscuridad y desesperanza. Y al mismo tiempo permite descubrir enterrada una belleza asimétrica. No superficial porque atraviesa la piel y llega directo al hueso. La profusión de la descripción del paisaje gótico que recorren los protagonistas, un padre y su hijo, por momentos sofoca, te aplasta. Retrata las posibilidades de un futuro con un realismo descarnado, desgarra, conmueve.

No pretendo trazar una comparación entre la sabiduría de McCarthy y lo de Byrne. Sería ridículo, imposible e injusto. Simplemente escribo pensando que desde la comodidad de nuestro mundo ordenado y previsible, muchas veces nos perdemos de captar ciertas cosas que describen realidades y verdades más acertadas y, porque estén alejadas de la liviandad que viaja sobre cualquier ley de atracción, no significa que vayan a rompernos. De cualquier manera, descubrir que existe la habilidad para reconstruirse ante cualquier golpe, a veces es necesario.