Hubo una época, que no fue la de nuestras madres pero sí la de nuestras abuelas y bisabuelas, en que la docilidad era la joya de la familia que millones de mujeres sacaban a relucir para encandilar, con su brillo resplandeciente, los rostros de sus contemporáneos en reuniones y eventos sociales. Ellas no podían pedir más, porque en teoría lo tenían todo, y lo demostraban inflando el pecho en sinónimo de orgullo y una satisfacción que gritaba que esto era lo que supieron conseguir: un marido proveedor, hijos y una casa para limpiar y convivir con el marido y los hijos. El tiempo lo muta todo, y aquello que se exponía en plena domesticidad del hogar, que era en parte el ánimo de muchas mujeres, se volvió salvaje. Se escurría y se agazapaba entre los juegos de te, las máquinas de coser y las agujas y ovillos para tejer, con el fin de sorprenderlas y hundirle los dientes en el cuello. De ese mordisco, de ese trozo arrancado quedaba al descubierto la falta que carcomía la certeza que antes habían aprendido a digerir y que ahora se desintegraba dejando un gusto amargo. El mandato, que machacaba sobre como debía ser una mujer, se erigía como un rascacielos, alcanzando alturas díscolas y tapando toda perspectiva.
En mi familia conocí mujeres, cuyas vidas estuvieron atadas a la escoba y la plancha, sentenciadas a “aguantar las cachas”. Me vino a la mente esta expresión, que recuerdo haberla leído en un artículo de la periodista Marta Dillon. “Cerrar las piernas, una forma menos poética que aquel “tú me quieres blanca”, verso de Alfonsina que graficaba que a ellas se las prefieren calladas, impolutas; en fin, pasando al ámbito político, conservadoras”.
Hoy, tanto mujeres como hombres, llevamos instalado en nuestras subjetividades el chip de la autosuficiencia. Pero mientras nosotros nos la pasamos saltando los obstáculos que prometen alejarnos de aquellas imágenes que chorrean símbolos patriarcales, ellas fueron y volvieron. Está claro: hace tiempo que nos llevan la delantera en infinidades de apartados. No soy feminista ni machista; sí me interesan las cuestiones de género porque, acopladas sobre un contexto político y sociocultural determinado, se vuelven revisables, lo que permite su actualización. También me parece necesario remarcarlas, sobre todo en una sociedad que tampoco ha querido ser equitativa con las condiciones y la remuneración del trabajo de millones de mujeres. Una joven puede postularse para un puesto de atención al público en un local ubicado en pleno centro de la ciudad y lo conseguirá. Pero el dueño y empleador, obrando desde la más irrestricta mala leche, no la reducirá especialmente a esa tarea que, al fin y al cabo, es para lo que fue “contratada”. Le ordenará además que lleve y traiga cajas insoportables, y que suba y baje una persiana tan pesada que la dejará con la espalda doblada.
A contramano de estos pequeños combates que se viven día a día, y en el que está en juego la dignidad de una persona, en estos últimos cuatro meses hemos sido testigos de actitudes que desenmascararon la misoginia más cavernícola, vomitada por las caceroleras, que han hecho gala de una falta de conciencia de género increíble. No hubo pudor ni ganas de disfrazar la doble moral. El conflicto con el sector agropecuario las sacó para sacarlas de las casas. Ahí estaban, en las calles, en las plazas, en los balcones; expuestas, perceptualmente acorazadas, avanzando transformadas en símbolo del odio visceral que irradia una clase social hacia el gobierno y sus ideas. Ensalzadas por las chicanas periodísticas, -ellas autoconvocadas; los otros llevados de los pelos, por ejemplo- ametrallaron a la Presidenta con una variedad de insultos que lograron avergonzar hasta a la propia libertad de expresión. Es que, claro, muy pocos repararon en el hecho de que se confundió alevosamente, la libertad de expresión con la libertad al agravio.
“Soberbia” fue una de las palabras que se escuchó mucho, pero no fue exclusiva de las bocas de las mujeres ni de los hombres en Argentina. Ayer, miré un documental sobre Bolivia. Sobre como, en estos últimos años, ha logrado levantarse; y sobre como ese movimiento marea, revolviéndole el estomago, a una derecha que proclama “autonomía”. Que en política, y en vista de lo ocurrido en nuestro país, equivale a la figura del “abierto”; o sea, cerrado para cualquier medida distributiva que amenace los intereses económicos de unos pocos. Ahí también se lo tildó de soberbio a Evo morales. ¿Yo me pregunto a que le llamarán soberbia? ¿A la tenacidad? ¿A la fidelidad a una idea? También confunden autoritarismo con autoridad, pero estos malentendidos no son ingenuos. Son las trampas del lenguaje de las que habla Roland Barthes. El semiólogo francés dijo que la lengua es fascista. Hay que tener valor para arrancarse las costras que producen las formas, los modos de decir que nos vienen dados desde chicos, y que se van adhiriendo sobre nuestras subjetividades, enyesándolas y encapsulando toda posibilidad de pensar. Sonará ingenuo pero yo creo, incluso, que hay un punto de contacto entre esto y el verdadero sentido de la emancipación.
Quizás la palabra hogar tenga algo del fascismo al que se refiere Barthes. El hogar representa, para nosotros, lo conocido; donde nos sentimos a salvo protegidos de la intemperie. Pero también habla de la ubicación exacta que, por siglos, les correspondió a millones de mujeres en el mundo. Donde se come, donde se duerme, donde se cocina y a quien le corresponde hacer determinadas tareas; fichas incrustadas en el tablero del juego de la vida. Sólo así es posible comprender los mecanismos de defensa que activaron las caceroleras más violentas, frente a una mujer con el poder de cambiar la realidad.






No sabía como pasó, pero lo intuía. Después me cayó la ficha. A dos amigos, o los traicionó su futuro al servicio de la mercadotecnia o realmente buscaron y buscaron hasta encontrarle a lo que yo escribo acá un costado comercial. Porque uno de ellos me dijo “estamos promocionando tu blog”. Esa palabra usó. Supongo que se referían a la circulación de este por la red para que ganara algún tipo de notoriedad o popularidad. Parece que es cierto eso que dicen que si no lo encontrás en Internet no existe en ningún otro lugar. Pero queridos, si hay algo que nunca me interesó en la vida fue ser popular. ¿Cómo iba a pretender similar destino para este espacio? Esto lo pensé pero no se los dije temiendo que me hicieran esa pregunta que terminé haciéndomela yo mismo y que desecandenó lo que estoy tipeando: ¿entonces para qué escribo?
Hacía tiempo que no me sentía tan enojado. La bronca me rebalsó y parte de ella está volcada acá. Nunca me sentí un chico político, lo que sea que eso signifique. Nunca me encontré pensando o hablando sobre política con nadie. No lo hice porque ahora me doy cuenta que no tenía nada adentro para decir o pensar. Con el tiempo, el vacío ideológico crecía, a la par de las ganas de descubrir cosas que me permitieran abrir los ojos e hilvanar una opinión o una idea concreta. No era el único. En la secundaria, las clases de historia rodaban envueltas en una nebulosa rebelde, como los trozitos de tizas que en algún momento pegaban en cualquier espalda o cabeza. Todos nosotros estábamos ocupados en temas bien de adolescentes con temática de lo más variopintas: quién se cogió a quien, que ropa vestir en la próxima fiesta de quince, que que bueno o que malo el nuevo video de Britney Spears y, lo más importante, en quinto año: el viaje de egresados. Creo que sería imposible desnaturalizarlo. Existe un cliché, que englobado en un día en particular, el de la primavera, bombardea los medios de comunicación gastando los cerebros: la del adolescente sonriente, una criatura soleada y asexuada. Cuando me di cuenta que nada me venía bien, que todo podía ser cuestionado porque sentía que todo se me vendía; un paquete de mentiras en oferta imposible de rechazar, hice justamente eso. Rechacé, expulse. Un lockout de estímulos, de sentidos, de emociones. No me fue nada bien.
Hay un libro que circula por la mayoría de los rankings de ventas de las librerías más conocidas, siempre presente entre los primeros diez o cinco lugares y que capturó mi atención. No el libro en sí, sino el hecho de su poder de hegemonía de figurar en casi todas las listas de best-sellers. Es que produce curiosidad cuando, sobre todo un libro, parece querer decir desde ese lugar, algo que habla más de las personas que lo leen que de su contenido mismo. Los textos, al igual que el cine, la música, en fin; el arte en general, reflejan una época bien cristalizada, como una fotografía capturada justo en el momento en que nadie sonríe o mira a la cámara.